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La manzana de Newton

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Fuego

Amén de los delirios neronianos de aquellos que se complacen en la bellísima imagen de la consumación que ofrecen las llamas, existen pirómanos que tiene motivaciones más fenicias. Sí, hombre, la de esos gregarios que prenden, a consciencia, la llama en el patrimonio natural para, a fuer de la deriva institucional que marcan los acontecimientos, salir del cajón del olvido.

Del olvido institucional y del lento decaimiento de zonas del país relegadas a esparcimiento de capitalinos y otras especies, que vieron en esta España profunda un lugar de ahogo para aspiraciones y esperanzas y sólo vuelven al otrora sufrido campo en busca de esparcimiento y juerga.

Sí. Así de puta es esta España de chinches y piojos en la meseta y de Calvin klein en la Castellana. De Vanguardia en la costa y de neftalina en los yermos machadianos. Así es esta España que mira al bosque como refugio dominguero, olvidándose de sus entrañas por el bien del sacrosanto capitalismo de cine en Castellana, compra en Preciados, chiringuito en Gandía, excursión en O Grove, paseo en Pereda, cervecita en Sierpes, y rezo en la Sagrada Familia.

Hasta que viene el pirómano y en su irracionalidad comete la barbarie, inducido por quienes están hasta los cojones de ostracismo y de esas hostias que tiene como nombre la migración. Y hartos ya de tanta indiferencia, mientras ven que se le va el pan, meten la directa y causan el estropicio, ante el desdén de la España de Corte Inglés.

No es ya especulación lo que persiguen. Quiá. Para eso, en fortuna, ya hay remedio. Ni siquiera buscan, como antes decía, la fechoría por la fechoría, un mero ejercicio de violencia simbólica. Patrañas.

Lo que buscan es atención. Aunque por delante se lleven un tesoro, ellos sienten que se van a la nada. Que, si no hay fuego, han de ser a la fuerza nihilistas y descreídos.

Hasta que se percatan, los muy cabrones, de que detrás del circo mediático y de la cainita política, llegan las subvenciones. El maná que les permitirá dar el cerrojazo y adiós muy buenas. Que los hay sin alma, que sí.

Que vieron que el chiringuito se les venía abajo y con él la vida. Y que, ahora, vía ayudas, se abre un tiempo nuevo. Y aquí paz y luego gloria.

Pero el hijoputismo de la opulencia pagará, y con creces, su desdén para con la España de segunda división.

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