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La manzana de Newton

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El Sáhara y un nuevo Magreb

Tengo amigos que cada verano se aprestan a pasar unas semanas con niños saharauis, a los que acogen con los brazos abiertos y el alma enternecida cuando llega el mes de julio y gracias al programa Vacaciones en Paz. Más que una simple acción solidaria, encuentro en estas familias acogedoras un verdadero amor filial hacia los acogidos. Y es hermoso comprobar cómo el niño saharui participa de la vida familiar y social como un hijo más. Hasta el punto de que los lazos se estrechan más y más cuando cada verano se repite la escena y suele darse el caso en que las familias españolas reciben, con alborozo, a aquel niño que, con el final de los meses estivales del año anterior, dejaron escapar, entre llantos no disimulados, hacia una incierta vida en los campos de refugiados argelinos.

Estas mismas familias, asociadas a distintas coordinadoras solidarias de ayuda al pueblo saharaui, organizan a lo largo del año colectas de alimentos que luego son remitidas a los campamentos, acaso para atemperar las pobrísimas condiciones de vida de los refugiados saharauis. Sé también de casos loables de cooperación para la creación de infraestructuras estables en la zona, como el proyecto de una compañía de aguas, en colaboración con una diputación provincial, que ha permitido la construcción de depósitos y canales que permitirán un mejor abastecimiento –¡o la dotación simple de un abastecimiento del que no disponían!– de los refugiados.

En un artículo escrito a la limón por Gonzalo Moure, Suso de Toro, Ana Rossetti y Ricardo Gómez, estos escritores afirman (El País, 25 de julio) que quién no haya estado en Tindouf no puede imaginar qué clima de libertad y dignidad se vive en estos campos, y que en parte se debe a la ayuda de miles de familias españolas.

“Los saharuis –continúan en un artículo de réplica a uno suscrito por intelectuales marroquíes que defendían la actuación del reino alauita en la antigua colonia española– agradecen la solidaridad de las diez mil familias que cada verano acogen en sus casas a sus hijos, pero sienten que históricamente se merecen esa solidaridad, como merecen su libertad, su mar, su suelo, su nombre y su futuro”.

¿Y qué hace el gobierno español para dar lo que merecen los saharuis? La respuesta a esta pregunta general es clara: cumplir con el plan previsto por las Naciones Unidas para la zona. Esto es, apoyar una resolución que establece un periodo de amplia autonomía que estaría seguido de un referéndum de autodeterminación del pueblo saharui. Un plan, redactado por James Baker, al que se opone frontalmente Mohamed VI y el gobierno de Rabat.

Pese a todo, la posición española, bajo el gobierno de Zapatero, está siendo bastante tibia. Y nos encontramos ante una diplomacia de guante blanco que redunda en un inmovilismo de la situación. No hay avances. Si acaso retrocesos, como la represión orquestada por Marruecos ante la llamada de atención del Al Aioún, con penas de cárcel escandalosas para los contestatarios saharauis.

Ante la respuesta militar marroquí, Moratinos apenas se ha limitado a condenar tímidamente unos actos que dejan al descubierto que en Marruecos la democracia no deja de ser una entelequia por muchas reformas cosméticas que estén auspiciadas por la monarquía alauita.

Es cierto que España hace bien apoyando la resolución de las Naciones Unidas, que el Frente Polisario aceptó en su día, pero su responsabilidad como nación obliga a España a trabajar por que esta resolución se cumpla. Su Historia le reclama que intervenga por el bien de una colonia dejada, cual animalito, en las garras de dos buitres, Marruecos y Argelia, en aquellos deshonrosos días de 1975.

De manera que el gobierno español de Zapatero debe mover ficha, con una diplomacia activa, claro que sí, pero arriesgando y sabiendo llevar hacia el diálogo a saharauis y marroquíes, sin olvidar a Argelia. De lo que se trata es de crear un nuevo status quo en la zona que dé una respuesta afirmativa a las aspiraciones marroquíes, argelinas, pero sobre todo a las de la República del Sahara.

Sé que es una zona delicada, pero el olvido es la mejor arma para perpetuar un problema que lleva enquistado 30 años. Ya es hora de solucionarlo, por muy complejo que sea el entramado.

Creo, sinceramente, que con Marruecos es necesaria una cierta dosis de diplomacia, podríamos llamarla ‘coercitiva’, sin que esto suponga caer en un galimatías. No al modo neolítico del gabinete Aznar de si tú das , yo doy más fuerte y haber quién es el más chulo del barrio. No, esa no es la estrategia.

Por diplomacia coercitiva debemos entender que Marruecos ceda en sus pretensiones a cambio de otros beneficios. Partiendo de la base de que, como también subrayan los escritores españoles a los que he hecho referencia más arriba, la democratización de Marruecos pasa inexcusablemente por la independencia saharaui. Es más, un nuevo status quo en el Magreb contribuiría sobremanera a normalizar las secularmente maltrechas relaciones entre Rabat y Argel y mejoraría las relaciones ambas potencias árabes con su vecina Europa.

Si, como nos tememos, Marruecos se niega a dar a los saharauis lo que es de los saharauis, es decir, la riqueza y gestión de los territorios ocupados en la llamada Marcha Verde, la diplomacia ‘coercitiva’ debe hacer valer sus instrumentos para hacer valer con Marruecos una práctica internacional del “do ut des”, de modo que, evitando conflictos armados innecesarios, haya relaciones comerciales privilegiadas con Marruecos a cambio de otorgar la autodeterminación al pueblo saharaui.

Es una apuesta que requiere de una fuerte inversión y de importantes proyectos de cooperación y puramente comerciales. Y aquí España debe jugar un papel fundamental, actuando como árbitro y vigilante de la nueva situación estratégica y comandando unas partidas inversoras a las que se tiene que sumar la Unión Europea. Y también las Naciones Unidas.

Marruecos es un socio privilegiado de España y de Europa, desde luego. Pero ello no debe suponer que los intereses de España y de Europa se plieguen a los de Mohamed VI. Más bien al contrario, España y Europa en general deben exigir gestos más importantes del reino alauita para fomentar y estrechar los lazos comerciales y estratégicos. Y el gran gesto sería, cómo no, el reconocimiento histórico de la República del Sáhara y el subsiguiente fin de la ocupación.

Si Marruecos da ese paso adelante, es más, si España trabaja activamente y sin medias tintes para que ese paso se dé, España y Europa gratificarán a Marruecos.

Y esto es lo que debe comprender Mohamed VI si de verdad quiere llevar a su pueblo a la democracia y resolver problemas tan funestos para los ciudadanos marroquíes como el hambre, la inmigración y la falta de proyectos para el futuro. Marruecos debe comprender que el bien del Sahara es su propio bien.

Que sepan las autoridades marroquíes que ese paso será bien recibido y elogiado por tantas y tantas familias españolas que, cada verano, abrazan, entre llantos no disimulados, a esos chicos y chicas saharuis que nos visitan y que nos exigen, obviamente, una respuesta a su situación. Porque somos también responsables.


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